No puedo explicarlo.
Las palabras no pueden ordenarse. Toda justificación carece de principio y fin. No existe lógica en la gramática.
Es como nadar en el mismo lugar, sin avanzar ni retroceder.
Flotar suspendido en el aire sin gravedad.
El silencio de un grito. Lo profundo, lo indescriptible.
lunes, 17 de mayo de 2010
lunes, 19 de abril de 2010
Rojo encantador
Descendió a los infiernos.
Al llegar a sus puertas se detuvo por un segundo, pero en su interiro sabía que se adentraría en esa oscuridad de todos modos.
Imágenes que lo acorralaban giraban en torno a su alma, bailando. Ése es el precio que se paga por la vanidad y la lujuria, sus dos pecados favoritos.
Y al sumergirse en las tinieblas no hizo más que perderse en ese laberinto rojo del que no saldría con facilidad.
No podía cometer el error de equivocarse de puerta. Supo de inmediato que era esa. Tal vez por propia decisión, atraída por una extraña fuerza o en la búsueda de algo en particular.
Alrededor, la locura invadía el espacio como el viento cálido.
Todo transcurre para el espectador en cámara lenta, pero lo engañoso es que en ralidad sólo son unos minutos.
Eso sucede sólo en ése inframundo oscuro, sediento de vicio, esperando ser consumido cuanto antes.
Al llegar a sus puertas se detuvo por un segundo, pero en su interiro sabía que se adentraría en esa oscuridad de todos modos.
Imágenes que lo acorralaban giraban en torno a su alma, bailando. Ése es el precio que se paga por la vanidad y la lujuria, sus dos pecados favoritos.
Y al sumergirse en las tinieblas no hizo más que perderse en ese laberinto rojo del que no saldría con facilidad.
No podía cometer el error de equivocarse de puerta. Supo de inmediato que era esa. Tal vez por propia decisión, atraída por una extraña fuerza o en la búsueda de algo en particular.
Alrededor, la locura invadía el espacio como el viento cálido.
Todo transcurre para el espectador en cámara lenta, pero lo engañoso es que en ralidad sólo son unos minutos.
Eso sucede sólo en ése inframundo oscuro, sediento de vicio, esperando ser consumido cuanto antes.
miércoles, 8 de abril de 2009
Más de una vez
Me gusta cuando la noche húmeda de abril se pone entre gris y azul.
Disfrutar del silencio de la madrugada. El solo tic tac del reloj y algún que otro grillo trasnochado.
El aire flota espeso y las luces amarillentas sobre el asfalto húmedo de la calle me invitan a salir.
Amenazan las nubes, y van a estallar de humedad, pero ahora no.
Quisiera yo saber a qué se debe este viaje que sorpresivamente me encuentra en la vereda muda de la cuadra.
Me dirijo hacia la esquina, y esa sensación recorre mi cuerpo otra vez.
Impensablemente, un colectivo y yo llegamos a la parada al mismo tiempo.
Extendí mi brazo y el gigante se detuvo abriendo la puerta para mi ascenso.
Casi vacío.
El chofer saluda con aliento a menta fresca.
Devolviéndole el gesto busco monedas en mi bolsillo y saco mi boleto mientras busco mi asiento en la fila de a dos, del lado de la ventana.
Hay dos pasajeros más.
Las calles parecen pintadas en pinceladas rápidas y pasan por delante veloces como ráfagas.
Estoy llegando a un lugar que siempre es desconocido, aunque estoy más que seguro de haber estado, mas de una vez allí.
Disfrutar del silencio de la madrugada. El solo tic tac del reloj y algún que otro grillo trasnochado.
El aire flota espeso y las luces amarillentas sobre el asfalto húmedo de la calle me invitan a salir.
Amenazan las nubes, y van a estallar de humedad, pero ahora no.
Quisiera yo saber a qué se debe este viaje que sorpresivamente me encuentra en la vereda muda de la cuadra.
Me dirijo hacia la esquina, y esa sensación recorre mi cuerpo otra vez.
Impensablemente, un colectivo y yo llegamos a la parada al mismo tiempo.
Extendí mi brazo y el gigante se detuvo abriendo la puerta para mi ascenso.
Casi vacío.
El chofer saluda con aliento a menta fresca.
Devolviéndole el gesto busco monedas en mi bolsillo y saco mi boleto mientras busco mi asiento en la fila de a dos, del lado de la ventana.
Hay dos pasajeros más.
Las calles parecen pintadas en pinceladas rápidas y pasan por delante veloces como ráfagas.
Estoy llegando a un lugar que siempre es desconocido, aunque estoy más que seguro de haber estado, mas de una vez allí.
lunes, 23 de marzo de 2009
Montaña Rusa
Un arranque sorpresivo que nos sacude. El carro se mueve lento hacia adelante y de a poco, en subida...
Sentados en el primer lugar. Vamos juntos, tomados de la mano como a escondidas, parecemos dos chicos... La pendiente frente a nuestros ojos, y la velocidad in crescendo nos transporta audaz hacia la cúspide. La expectativa, lo inesperado. Detenerse en un segundo, para luego caer al vacío infinito sambulléndonos en un arcoiris que salpica colores vivos... La frescura inunda el aire y nos moja la cara.
Subidas y bajadas como ráfagas que nos dibujan una sonrisa y nos hacen entrecerrar la mirada mientras transitamos la curva inclinada a la izquierda, donde te abrazo fuerte para quitarme el miedo.
El recorrido es inagotable y a la vez tan velóz, que cada fotograma se desvanece instantáneamente fundiéndose con el siguiente.
El tiempo juega una carrera contra el viento, ambos persiguen la estela de nuestro tren azul brillante.
Y tu alegría es mi emoción. La adrenalina me estremece y tu mano me invita a dar la vuelta de trescientos sesenta grados que ambos estábamos esperando desde que hicimos la fila...
La increíble aventura jamás pensada nos transportó a lo más alto de este juego.
Y el parque asomando desde abajo... El viaje nos hace bailar con las manos cerca de las estrellas...
Sí que es volar, y nada es más maravilloso que nuestro vuelo por el cielo... La sensación del tiempo detenido para encontrarte ahí, con tus ojos sobre los míos.
Sentados en el primer lugar. Vamos juntos, tomados de la mano como a escondidas, parecemos dos chicos... La pendiente frente a nuestros ojos, y la velocidad in crescendo nos transporta audaz hacia la cúspide. La expectativa, lo inesperado. Detenerse en un segundo, para luego caer al vacío infinito sambulléndonos en un arcoiris que salpica colores vivos... La frescura inunda el aire y nos moja la cara.
Subidas y bajadas como ráfagas que nos dibujan una sonrisa y nos hacen entrecerrar la mirada mientras transitamos la curva inclinada a la izquierda, donde te abrazo fuerte para quitarme el miedo.
El recorrido es inagotable y a la vez tan velóz, que cada fotograma se desvanece instantáneamente fundiéndose con el siguiente.
El tiempo juega una carrera contra el viento, ambos persiguen la estela de nuestro tren azul brillante.
Y tu alegría es mi emoción. La adrenalina me estremece y tu mano me invita a dar la vuelta de trescientos sesenta grados que ambos estábamos esperando desde que hicimos la fila...
La increíble aventura jamás pensada nos transportó a lo más alto de este juego.
Y el parque asomando desde abajo... El viaje nos hace bailar con las manos cerca de las estrellas...
Sí que es volar, y nada es más maravilloso que nuestro vuelo por el cielo... La sensación del tiempo detenido para encontrarte ahí, con tus ojos sobre los míos.
viernes, 20 de febrero de 2009
El paisaje más soñado
El fuego nos envuelve en llamas azules y turquesas, cuyo candor nos enciende precipitadamente...
Y de sólo pensarlo, mi cabeza enloquece, se estremece mi cuerpo, comienzo a bailar solo en la oscuridad, lento, seductor... A media luz respiro profundo un aire despreocupado en el que elijo viajar sobre una alfombra suave, hecha a mi medida.
El vuelo siempre es de fuego, puedo flotar en el aire... Siento el calor en mi sangre fluir dentro y fuera de mi piel.
Me elevo impetuoso hacia el cielo... Planeando miro, contemplando el paisaje, ese paisaje tan soñado... Cuando al detenerme con la mirada, de repente, la cima...
Como en un vuelo de halcón diviso la cumbre mas alta y vuelo para pararme allí. La noche, las estrellas, bailo en la última peña sintiendo el viento cálido de verano en mi cuerpo... El cielo entero cae sobre mi y puedo sentir la noche acariciarme con sus alas. Porque ambos somos alados.
Yo ardo con lujuria en este viaje que me consume como la pólvora de los fuegos artificiales... Hasta llegar al fin, que es pasar por el centro solar y en un milisegundo la feroz vuelta instantánea a la vista panorámica inicial... Desde esta alfombra mágica, hermosa, mía...
Puedo tocar el cielo, y es ahí cuando las estrellas comienzan a llover parpadeantes, y la noche me baña de luz, sin luna.
El aire con su perfume dibuja un bosque de pinos bañados en rocío fresco de lluvia.
La brisa dulce, una caricia sonora.
El paisaje descansa calmo en colores y vuelan pájaros en ascuas del amanecer.
No hay tiempo, no hay palabras.
Cerramos los ojos.
Solos... Sólo el paisaje y yo.
Y de sólo pensarlo, mi cabeza enloquece, se estremece mi cuerpo, comienzo a bailar solo en la oscuridad, lento, seductor... A media luz respiro profundo un aire despreocupado en el que elijo viajar sobre una alfombra suave, hecha a mi medida.
El vuelo siempre es de fuego, puedo flotar en el aire... Siento el calor en mi sangre fluir dentro y fuera de mi piel.
Me elevo impetuoso hacia el cielo... Planeando miro, contemplando el paisaje, ese paisaje tan soñado... Cuando al detenerme con la mirada, de repente, la cima...
Como en un vuelo de halcón diviso la cumbre mas alta y vuelo para pararme allí. La noche, las estrellas, bailo en la última peña sintiendo el viento cálido de verano en mi cuerpo... El cielo entero cae sobre mi y puedo sentir la noche acariciarme con sus alas. Porque ambos somos alados.
Yo ardo con lujuria en este viaje que me consume como la pólvora de los fuegos artificiales... Hasta llegar al fin, que es pasar por el centro solar y en un milisegundo la feroz vuelta instantánea a la vista panorámica inicial... Desde esta alfombra mágica, hermosa, mía...
Puedo tocar el cielo, y es ahí cuando las estrellas comienzan a llover parpadeantes, y la noche me baña de luz, sin luna.
El aire con su perfume dibuja un bosque de pinos bañados en rocío fresco de lluvia.
La brisa dulce, una caricia sonora.
El paisaje descansa calmo en colores y vuelan pájaros en ascuas del amanecer.
No hay tiempo, no hay palabras.
Cerramos los ojos.
Solos... Sólo el paisaje y yo.
viernes, 22 de agosto de 2008
Viento atlántico
Delirios constantes acerca de la teoría de interpretación onírica.
El viaje a la psicodelia del invierno atlántico en los setentas.
Un aire europeo que pega frío en el árido bosque costero. El sobretodo gris claro sobre el cielo pálido y unos edificios de piedra por detrás...
Café en un bar de París. Las mesas en la calle adoquinada.
La plaza de artesanos rodeando el boulevard. El brillo de las estrellas atravesando cada gota de lluvia que caía sobre la gente que se detiene a mirar las aguas danzantes de la fuente.
Las enredaderas filtran la luz de los faroles de la ciudad. Las hojas de los árboles bailan bajo el viento que sopla las veredas...
Nadando en mis pensamientos, las olas me llevan hacia donde ellas van... Y viajo en un tunel de tobogán acuático sin saber donde voy a desembocar.
Una ola en forma de alfombra mágica me eleva sobre el mar...
El atardecer infinito en el canto de las gaviotas. La arena suave y finísima, tibia sobre el suelo durísimo y llano bajo mis pies, la sal en la piel, el frío de a poco en la espalda...
El sol que quema mis hombros... Y el mar.
El viaje a la psicodelia del invierno atlántico en los setentas.
Un aire europeo que pega frío en el árido bosque costero. El sobretodo gris claro sobre el cielo pálido y unos edificios de piedra por detrás...
Café en un bar de París. Las mesas en la calle adoquinada.
La plaza de artesanos rodeando el boulevard. El brillo de las estrellas atravesando cada gota de lluvia que caía sobre la gente que se detiene a mirar las aguas danzantes de la fuente.
Las enredaderas filtran la luz de los faroles de la ciudad. Las hojas de los árboles bailan bajo el viento que sopla las veredas...
Nadando en mis pensamientos, las olas me llevan hacia donde ellas van... Y viajo en un tunel de tobogán acuático sin saber donde voy a desembocar.
Una ola en forma de alfombra mágica me eleva sobre el mar...
El atardecer infinito en el canto de las gaviotas. La arena suave y finísima, tibia sobre el suelo durísimo y llano bajo mis pies, la sal en la piel, el frío de a poco en la espalda...
El sol que quema mis hombros... Y el mar.
miércoles, 9 de julio de 2008
...y vuelve a suspirar
El sol amarillo entra por el inmenso ventanal del living inundando la habitación. Su padre murmura en francés mientras lee un libro sentado en el sillón.
André suspira pensando en cuanto faltará para la tarde de lunes. Recuerda los ojos verdosos de su enamorado y suspira otra vez. Juega con su cabello. Lo peina de varias maneras diferentes. Luego se aburre y piensa en cortarlo... O no.
André se sorprende viajando tras un acordeón parisino. Otra vez él. Sonríe y vuelve a suspirar.
André en llamas junto al hogar.
André se ríe y disfruta de las tardes de sol en las que hace frío.
Corre a su habitación. Se mira al espejo y se acomoda el cabello, luego se perfuma el cuello, se viste de colores alegres y vuelve a peinarse.
André escucha los pájaros cantar en los árboles que saludan por la ventana. Se detiene a mirarlos y se imagina la mirada del muchacho de los lunes a la tarde...
Mira el reloj y se sobresalta al ver la hora. Corre dando unas vueltas por su habitación y se lleva una bufanda roja.
André vuelve a mirarse al espejo, sonríe y cruza la puerta. Camina por la cuerda floja como si fuera a caerse, se sonríe y echa los hombros hacia atrás.
Continúa caminando... y vuelve a suspirar.
André suspira pensando en cuanto faltará para la tarde de lunes. Recuerda los ojos verdosos de su enamorado y suspira otra vez. Juega con su cabello. Lo peina de varias maneras diferentes. Luego se aburre y piensa en cortarlo... O no.
André se sorprende viajando tras un acordeón parisino. Otra vez él. Sonríe y vuelve a suspirar.
André en llamas junto al hogar.
André se ríe y disfruta de las tardes de sol en las que hace frío.
Corre a su habitación. Se mira al espejo y se acomoda el cabello, luego se perfuma el cuello, se viste de colores alegres y vuelve a peinarse.
André escucha los pájaros cantar en los árboles que saludan por la ventana. Se detiene a mirarlos y se imagina la mirada del muchacho de los lunes a la tarde...
Mira el reloj y se sobresalta al ver la hora. Corre dando unas vueltas por su habitación y se lleva una bufanda roja.
André vuelve a mirarse al espejo, sonríe y cruza la puerta. Camina por la cuerda floja como si fuera a caerse, se sonríe y echa los hombros hacia atrás.
Continúa caminando... y vuelve a suspirar.
miércoles, 21 de mayo de 2008
Acuarelas húmedas
Lluvia de estrellas en el corazón azul de mi tarde de Octubre en el patio.
Tardes de humedad a través de una ventana, cuando nunca se sabe cuando empieza o termina la llovizna.
Las plantas mojadas, y sus hojas, que hacen malabares para no dejar caer las gotas de lluvia.
Un esbozo del sol, tras las nubes.
La tarde se vuelve tornasolada de a ratos... Detrás de un arbusto, buscando entre las plantas, encontré una sonrisa, celeste, con un arcoiris entre las nubes.
Escaleras blancas en caracol que bajan en interminable bucle desde entre las nubes.
Un aire fuccia en la atmósfera que respiramos casi sin darnos cuenta.
Bailamos con el atardecer en verdes grisáceos... Nubes alargadas se reflejan en el vidrio espejado de las puertas del ascensor.
Florecen las azaleas a rabiar, todo es fuccia, sigue habiendo verde de fondo, en distintos tonos.
Arabescos dorados que llegan de la India para dibujar un camino de pétalos de rosa en óleo pastel.
Los pies desnudos.
Lluvia de brillantina para mí...
Bailo en círculos, y descalzo, sonrío.
Bailo en el aire... El infinito y dorado atardecer hoy es mío.
Chapoteo en mis acuarelas, siento la humedad entre los dedos...
El viento se lleva mis hojas al caer el sol...
Tardes de humedad a través de una ventana, cuando nunca se sabe cuando empieza o termina la llovizna.
Las plantas mojadas, y sus hojas, que hacen malabares para no dejar caer las gotas de lluvia.
Un esbozo del sol, tras las nubes.
La tarde se vuelve tornasolada de a ratos... Detrás de un arbusto, buscando entre las plantas, encontré una sonrisa, celeste, con un arcoiris entre las nubes.
Escaleras blancas en caracol que bajan en interminable bucle desde entre las nubes.
Un aire fuccia en la atmósfera que respiramos casi sin darnos cuenta.
Bailamos con el atardecer en verdes grisáceos... Nubes alargadas se reflejan en el vidrio espejado de las puertas del ascensor.
Florecen las azaleas a rabiar, todo es fuccia, sigue habiendo verde de fondo, en distintos tonos.
Arabescos dorados que llegan de la India para dibujar un camino de pétalos de rosa en óleo pastel.
Los pies desnudos.
Lluvia de brillantina para mí...
Bailo en círculos, y descalzo, sonrío.
Bailo en el aire... El infinito y dorado atardecer hoy es mío.
Chapoteo en mis acuarelas, siento la humedad entre los dedos...
El viento se lleva mis hojas al caer el sol...
lunes, 14 de abril de 2008
Planetario
Una noche de papel acartonado pintado con acuarela azul.
La música suena alegre y al volumen adecuado. La piel es fluorescente, brilla en la oscuridad...
Ananá recién mezclado con ron dorado bañando la cascada de hielo en mi vaso... Huele a estrellas...
Luces de colores giran por encima de las cabezas de todos...
Algunas casas lucen mas vivas que otras... Hubiese sabido que era sábado a la noche aunque acabase de llegar de otro planeta.
Sábado, día en que los habitantes de la ciudad corrían desesperados a los clubes nocturnos para interrelacionarse con cualquier otro par que estuviese a su alrededor, igual o más necesitado de vida social. Para mí: sólo un divertimento extra, la observación.
Y allí, en el patio de un segundo piso, en una de las zonas mas atractivas y modernas de la ciudad, el clima se sentía un tanto frío y seco pero bastante agradabe si se encuentra uno en compañía de un ligero abrigo.
Algunas chicas con capucha comen chupetines rosas de chicle tutti-frutti.
En el aire un perfume dulce a tarde de sol en primavera.
En las esquinas se escuchan risas que se encienden como luces de estrellita de bengala, casi en silencio pero con luz que ilumina y contagia esa sensación de alegría quieta.
Por momentos, uno flota imperceptiblemente a escasos centímetros del suelo.
De repente, sin darte cuenta te encontrás a dos o tres baldosas de distancia de donde creías estar.
Las voces se distorsionan alegres en la atmósfera , volviendo en fracciones de segundo a nuestros oídos para derretirse lento... La extraña sensación del cosquilleo de un destiempo rítmico escalofriante y divertido.
Palmeras agitándose, como si sus hojas cabalgaran audaces sobre el viento, sobre fondos de blancos brillantes iluminados por faroles amarillos.
Las escaleras blancas también, estilo Casapueblo adornadas por sutiles plantas colgantes. ¿Por qué cuesta tanto mantenerse involucrado seriamente a las escaleras que bajan (o suben) y no se sabe dónde empiezan y dónde terminan?
Unas guitarras acústicas estiran sus cuerdas conectándome situacionalmente.
Lo cosmopolita: Cigarrillos mentolados y la tercera copa de champagne en la misma mano.
Patios de paredes coloridas en el medio del solar que se convertían en el anfiteatro de los fines de semana.
Una sorda explosión de estrellas, me hizo viajar en un glow dorado de eternidad suspendida... Otra explosión... Como el flash de una antigua cámara fotográfica, descartable.
Torbellinos de luciérnagas que se bambolean y terminan por salpicar el cielo...
Contemplar la maravillosa noche recostado sobre el pasto verde, donde no importa la correlación temporal ni existen consecuencias.
Voy a escalar el techo de este planetario personal... Dejá que el disco siga girando por sí solo si así lo quiere...
La música suena alegre y al volumen adecuado. La piel es fluorescente, brilla en la oscuridad...
Ananá recién mezclado con ron dorado bañando la cascada de hielo en mi vaso... Huele a estrellas...
Luces de colores giran por encima de las cabezas de todos...
Algunas casas lucen mas vivas que otras... Hubiese sabido que era sábado a la noche aunque acabase de llegar de otro planeta.
Sábado, día en que los habitantes de la ciudad corrían desesperados a los clubes nocturnos para interrelacionarse con cualquier otro par que estuviese a su alrededor, igual o más necesitado de vida social. Para mí: sólo un divertimento extra, la observación.
Y allí, en el patio de un segundo piso, en una de las zonas mas atractivas y modernas de la ciudad, el clima se sentía un tanto frío y seco pero bastante agradabe si se encuentra uno en compañía de un ligero abrigo.
Algunas chicas con capucha comen chupetines rosas de chicle tutti-frutti.
En el aire un perfume dulce a tarde de sol en primavera.
En las esquinas se escuchan risas que se encienden como luces de estrellita de bengala, casi en silencio pero con luz que ilumina y contagia esa sensación de alegría quieta.
Por momentos, uno flota imperceptiblemente a escasos centímetros del suelo.
De repente, sin darte cuenta te encontrás a dos o tres baldosas de distancia de donde creías estar.
Las voces se distorsionan alegres en la atmósfera , volviendo en fracciones de segundo a nuestros oídos para derretirse lento... La extraña sensación del cosquilleo de un destiempo rítmico escalofriante y divertido.
Palmeras agitándose, como si sus hojas cabalgaran audaces sobre el viento, sobre fondos de blancos brillantes iluminados por faroles amarillos.
Las escaleras blancas también, estilo Casapueblo adornadas por sutiles plantas colgantes. ¿Por qué cuesta tanto mantenerse involucrado seriamente a las escaleras que bajan (o suben) y no se sabe dónde empiezan y dónde terminan?
Unas guitarras acústicas estiran sus cuerdas conectándome situacionalmente.
Lo cosmopolita: Cigarrillos mentolados y la tercera copa de champagne en la misma mano.
Patios de paredes coloridas en el medio del solar que se convertían en el anfiteatro de los fines de semana.
Una sorda explosión de estrellas, me hizo viajar en un glow dorado de eternidad suspendida... Otra explosión... Como el flash de una antigua cámara fotográfica, descartable.
Torbellinos de luciérnagas que se bambolean y terminan por salpicar el cielo...
Contemplar la maravillosa noche recostado sobre el pasto verde, donde no importa la correlación temporal ni existen consecuencias.
Voy a escalar el techo de este planetario personal... Dejá que el disco siga girando por sí solo si así lo quiere...
martes, 8 de abril de 2008
Suelto en una casa de verano
Aquella tarde de luces apagadas y sol cálido a través de una cortina de esterilla se convierte en una tarde nublada donde el sol sale en forma de arco iris tras un piano que flota por el cielo. La felicidad entraba en verdes brillantes por mi ventana y pintaba mi casa, y en mí, una sonrisa...
Ella volvió, y su silueta brillaba sobre el fondo fuccia de plush.
Yo subía vertiginoso las escaleras doradas hacia su abrazo...
El vuelo suave...
Su olor, siempre fresco, como de verano. El rostro cálido, suave me cosquilea la piel.
Y la vereda. Con aquellos baldosones tipo vainilla, colorados. Los cordones parecían blancos, tan impecables... ¿No había pasado el tiempo acaso por aquellas calles...?
Y la calle de adoquines.
Su cabello negro, ensortijado y feliz, libre al viento...
Y la tarde tranformándose en noche estrellada se vuelve negro azulado.
Una boina de colores alegres, mediterráneos, le abriga el pelo... La inocencia disfrazada de adulta.
Las estrellas bordan el cielo y la musica frita jocosa por el fondo...
Me atrapó entre sus brazos como ramas verdes y todos los pájaros volaron sobre mi cabeza.
Un amor vintage, recreado a la antigua, muy adolescente... Tardes divertidas en peloteros para chicos.
Vos... que amas los jeans rotos como yo, que sabes tanto de la vida como de inglés -igual que yo-.
Suaves tormentas desteñidas. La camisa afuera, delirantes, bohemios, los colores perfectos.
Y de repente me hallé siguiendo con la vista el sentido de las agujas del reloj a una velocidad de montaña rusa en picada.
El alma fresca... Es el aire en mi interior, su voz en mi garganta, esa esencia en mi aliento.
Y ahora estoy riendo, suelto en una casa de verano.
Ella volvió, y su silueta brillaba sobre el fondo fuccia de plush.
Yo subía vertiginoso las escaleras doradas hacia su abrazo...
El vuelo suave...
Su olor, siempre fresco, como de verano. El rostro cálido, suave me cosquilea la piel.
Y la vereda. Con aquellos baldosones tipo vainilla, colorados. Los cordones parecían blancos, tan impecables... ¿No había pasado el tiempo acaso por aquellas calles...?
Y la calle de adoquines.
Su cabello negro, ensortijado y feliz, libre al viento...
Y la tarde tranformándose en noche estrellada se vuelve negro azulado.
Una boina de colores alegres, mediterráneos, le abriga el pelo... La inocencia disfrazada de adulta.
Las estrellas bordan el cielo y la musica frita jocosa por el fondo...
Me atrapó entre sus brazos como ramas verdes y todos los pájaros volaron sobre mi cabeza.
Un amor vintage, recreado a la antigua, muy adolescente... Tardes divertidas en peloteros para chicos.
Vos... que amas los jeans rotos como yo, que sabes tanto de la vida como de inglés -igual que yo-.
Suaves tormentas desteñidas. La camisa afuera, delirantes, bohemios, los colores perfectos.
Y de repente me hallé siguiendo con la vista el sentido de las agujas del reloj a una velocidad de montaña rusa en picada.
El alma fresca... Es el aire en mi interior, su voz en mi garganta, esa esencia en mi aliento.
Y ahora estoy riendo, suelto en una casa de verano.
lunes, 3 de marzo de 2008
Sueño tras las nubes
La orquesta estaba tocando esa tarde de lluvia, eran como a las 7.
Detrás de una resolana extraña se ocultaban nubarrones casi blancos que se escurrían sobre la ciudad.
Una armónica sonaba en mis oidos mientras viajaba en colectivo... Una alegría extraña recorría mi interior y me hacia sonreir marcando el ritmo con mis pies...
Terminó la canción...
Un son latino como con fritura suena más lejos aún, repetitivo...
Miro al rededor, la ciudad.
Y el sol que se escabullía entre las nubes iluminando en dorados... Y el centro urbano...
Tengo que (necesito) bajar...
Levantar el pie hacia el vacio... Un segundo de silencio en el aire...
Bajarse: la lluvia fresca que moja el pelo y los hombros, empapa un poco las zapatillas.
Subo el cordón miro al cielo y las nubes no se mueven...
Papeles en mi mochila, algo que hacer, supongo...
Las ganas de hundirme en el mar transparente y estar en la playa calurosa de nuevo, sentir el sol en mi frente y respirar...
Pero un hombro extraño chocó mi hombro y la película se cortó de repente como si se quemara la cinta en el cine...
La ciudad.
La gente.
Si, las personas, miles de personas, miles y miles de ellas.
Algunas tan atolondradas que se llevan tu hombro como si reclamaran lo que es suyo y uno no quería devolver.
Una melodía familiar sonaba cercana y me obligaba a encontrarla...
Un teatro medio abandonado, como de lujo antiguo... Parecía llover con más intensidad bajo el techo de la descolorida marquesina.
No podía resistirme, me recordaba tu sonrisa, tu perfume... Estabas allí esperándome del otro lado de la avenida con un piloto azul y sin paraguas y tu sonrisaba iluminaba la tarde...
Al girar y darte vuelta, tu pelo hizo una pirueta para acomodarse solo... Unos segundos para que cambie el semáforo, sólo unos segundos... que nunca pasaban, eran casi eternos, flotaba la lluvia en el aire y el sudor mojaba mi frente...
No podía moverme, quería alcanzarte... Quería gritarte para que me escuches... Te perdí entre la gente...
Mi habitación a media luz. La lluvia caía lenta tras la ventana.
El reloj: las nueve.
Pasó el tiempo y no me di cuenta.
El viento en la cara... La humedad citadina.
Salí de casa caminando con mi mochila verde, liviana, unos papeles, algo que hacer, supongo...
Sonaba una melodía en mi cabeza... aquella con la que soñé.
Sonreí y al cruzar la calle se oía el sonido de las bicicletas sobre el asfalto mojado...
- De vuelta a la ciudad - me dije.
No me importó. Mi mañana es aún mejor que mi sueño. Te voy a encontrar: Estás acá.
Como el rocío de la mañana que moja y perfuma el pasto de la vereda, como esta lluvia que moja mi pelo y mis hombros, y empapa un poco las zapatillas también.
Miro al cielo y sonrío...
Está saliendo el sol.
Detrás de una resolana extraña se ocultaban nubarrones casi blancos que se escurrían sobre la ciudad.
Una armónica sonaba en mis oidos mientras viajaba en colectivo... Una alegría extraña recorría mi interior y me hacia sonreir marcando el ritmo con mis pies...
Terminó la canción...
Un son latino como con fritura suena más lejos aún, repetitivo...
Miro al rededor, la ciudad.
Y el sol que se escabullía entre las nubes iluminando en dorados... Y el centro urbano...
Tengo que (necesito) bajar...
Levantar el pie hacia el vacio... Un segundo de silencio en el aire...
Bajarse: la lluvia fresca que moja el pelo y los hombros, empapa un poco las zapatillas.
Subo el cordón miro al cielo y las nubes no se mueven...
Papeles en mi mochila, algo que hacer, supongo...
Las ganas de hundirme en el mar transparente y estar en la playa calurosa de nuevo, sentir el sol en mi frente y respirar...
Pero un hombro extraño chocó mi hombro y la película se cortó de repente como si se quemara la cinta en el cine...
La ciudad.
La gente.
Si, las personas, miles de personas, miles y miles de ellas.
Algunas tan atolondradas que se llevan tu hombro como si reclamaran lo que es suyo y uno no quería devolver.
Una melodía familiar sonaba cercana y me obligaba a encontrarla...
Un teatro medio abandonado, como de lujo antiguo... Parecía llover con más intensidad bajo el techo de la descolorida marquesina.
No podía resistirme, me recordaba tu sonrisa, tu perfume... Estabas allí esperándome del otro lado de la avenida con un piloto azul y sin paraguas y tu sonrisaba iluminaba la tarde...
Al girar y darte vuelta, tu pelo hizo una pirueta para acomodarse solo... Unos segundos para que cambie el semáforo, sólo unos segundos... que nunca pasaban, eran casi eternos, flotaba la lluvia en el aire y el sudor mojaba mi frente...
No podía moverme, quería alcanzarte... Quería gritarte para que me escuches... Te perdí entre la gente...
Mi habitación a media luz. La lluvia caía lenta tras la ventana.
El reloj: las nueve.
Pasó el tiempo y no me di cuenta.
El viento en la cara... La humedad citadina.
Salí de casa caminando con mi mochila verde, liviana, unos papeles, algo que hacer, supongo...
Sonaba una melodía en mi cabeza... aquella con la que soñé.
Sonreí y al cruzar la calle se oía el sonido de las bicicletas sobre el asfalto mojado...
- De vuelta a la ciudad - me dije.
No me importó. Mi mañana es aún mejor que mi sueño. Te voy a encontrar: Estás acá.
Como el rocío de la mañana que moja y perfuma el pasto de la vereda, como esta lluvia que moja mi pelo y mis hombros, y empapa un poco las zapatillas también.
Miro al cielo y sonrío...
Está saliendo el sol.
martes, 11 de diciembre de 2007
Mi sombra y yo
La historia se desarrolla a la hora de la siesta, donde todo está permitido... Piedra libre para hacer lo que más te guste...
Tardes de calor y aburrimiento que llegaban a derretir la imaginación de casi todos los niños... Y digo -casi- porque este niño tenía las puertas abiertas al jardín de las ideas.
Su sombra no podía despegársele mientras jugaba en el patio... Se escabullía en silencio entre los pasillos de la casa y su doble lo seguía. Robaba polvorones de la lata de galletitas que estaba en la alacena de la cocina y su sombra estaba ahí... Cantaba una canción cualquiera que se le ocurriese y su sombra hacía la segunda voz y coros...
Ésta es mi historia:
(Y mi sombra)
En todo momento rogábamos (mi sombra y yo) que no sonara la trompeta estridente del reloj despertador de papá...
Él y yo pasábamos horas interminables y totalmente agradables... A veces divertidas, a veces inspiradoras...
Y mientras escribo siento que he vuelto a la vida... Al estado más puro del ser humano.
Estado en el cual puede soltar su creatividad y expresarse con total libertad...
El Arte.
Pero volvamos a la sombra...
Siempre esta mi amigo conmigo, sólo que a veces se esconde tan perfectamente que no puedo verlo... pero sí sentirlo...
Bailamos juntos, viajamos a la escuela conversando en silencio (casi telepáticamente), nos sonreímos al mismo tiempo y podría decirse que la mayoría de las veces coincidimos en nuestro pensamiento.
Uno incentiva al otro constantemente...
Lo peor es cuando ambos nos sentimos tristes o cansados... Es difícil levantarnos... Pero siempre uno de los dos acaba por emprender la marcha.
Mi sombra y yo...
Cantamos alegres una canción que sólo nosotros conocemos y que hasta a veces vamos renovando improvisadamente a coro.
Y las trompetas ya no suenan como alarmas ahora... Se convirtieron en la señal que avisa que guardemos los juguetes y pongamos orden... Borrar las evidencias del simpático desastre provocado por un juego de niños... Sí, bien digo de "niños"... "Dos" niños precisamente.
A veces jugamos a que encontramos a nuestras princesas en la televisión y que nos enamoramos perdidamente de ellas...
Lo complicado es cuando nos enamoramos de la misma...
La guerra fría entre ambos.
Miradas acechantes, sonrisas pícaras con aire socarrón, estrategias ilógicas pero totalmente divertidas, ideas alocadas y un estallido de risas que finaliza la batalla...
Tirados en la cama muertos de risa y haciéndonos chistes sin sentido.
Mi sombra y yo... Compañeros de ruta. Un abrazo fuerte y sincero. Con alegría y complicidad. Guardián de mis secretos. Secretario de mis olvidos.
Mi mejor amigo. Mi otro yo.
No sé si es mi imagen en el espejo (si lo és, lo hace muy bien... ¡Jajaja!)
Salimos por las noches al patio a mirar las estrellas... Y pensamos siempre que nos queda una larguísima vida juntos...
A veces con miedo, otras veces con indecisión o con ansiedad (mucha y la mayoría de las veces), pero siempre con esperanza de ser felices...
Algún día... Como hoy.
Tardes de calor y aburrimiento que llegaban a derretir la imaginación de casi todos los niños... Y digo -casi- porque este niño tenía las puertas abiertas al jardín de las ideas.
Su sombra no podía despegársele mientras jugaba en el patio... Se escabullía en silencio entre los pasillos de la casa y su doble lo seguía. Robaba polvorones de la lata de galletitas que estaba en la alacena de la cocina y su sombra estaba ahí... Cantaba una canción cualquiera que se le ocurriese y su sombra hacía la segunda voz y coros...
Ésta es mi historia:
(Y mi sombra)
En todo momento rogábamos (mi sombra y yo) que no sonara la trompeta estridente del reloj despertador de papá...
Él y yo pasábamos horas interminables y totalmente agradables... A veces divertidas, a veces inspiradoras...
Y mientras escribo siento que he vuelto a la vida... Al estado más puro del ser humano.
Estado en el cual puede soltar su creatividad y expresarse con total libertad...
El Arte.
Pero volvamos a la sombra...
Siempre esta mi amigo conmigo, sólo que a veces se esconde tan perfectamente que no puedo verlo... pero sí sentirlo...
Bailamos juntos, viajamos a la escuela conversando en silencio (casi telepáticamente), nos sonreímos al mismo tiempo y podría decirse que la mayoría de las veces coincidimos en nuestro pensamiento.
Uno incentiva al otro constantemente...
Lo peor es cuando ambos nos sentimos tristes o cansados... Es difícil levantarnos... Pero siempre uno de los dos acaba por emprender la marcha.
Mi sombra y yo...
Cantamos alegres una canción que sólo nosotros conocemos y que hasta a veces vamos renovando improvisadamente a coro.
Y las trompetas ya no suenan como alarmas ahora... Se convirtieron en la señal que avisa que guardemos los juguetes y pongamos orden... Borrar las evidencias del simpático desastre provocado por un juego de niños... Sí, bien digo de "niños"... "Dos" niños precisamente.
A veces jugamos a que encontramos a nuestras princesas en la televisión y que nos enamoramos perdidamente de ellas...
Lo complicado es cuando nos enamoramos de la misma...
La guerra fría entre ambos.
Miradas acechantes, sonrisas pícaras con aire socarrón, estrategias ilógicas pero totalmente divertidas, ideas alocadas y un estallido de risas que finaliza la batalla...
Tirados en la cama muertos de risa y haciéndonos chistes sin sentido.
Mi sombra y yo... Compañeros de ruta. Un abrazo fuerte y sincero. Con alegría y complicidad. Guardián de mis secretos. Secretario de mis olvidos.
Mi mejor amigo. Mi otro yo.
No sé si es mi imagen en el espejo (si lo és, lo hace muy bien... ¡Jajaja!)
Salimos por las noches al patio a mirar las estrellas... Y pensamos siempre que nos queda una larguísima vida juntos...
A veces con miedo, otras veces con indecisión o con ansiedad (mucha y la mayoría de las veces), pero siempre con esperanza de ser felices...
Algún día... Como hoy.
jueves, 25 de octubre de 2007
Otra noche de soledad
Tras un papel de celofán azul, se ven lejanas pero reconocibles, algunas luces de la noche de la ciudad. Un vaivén provocado por la brisa primaveral del final del atardecer...
Mujeres... Jóvenes, preciosas, angelicales (algunas) y otras más bien rústicas (o mas bien, etnicas).
El casi uniformado atuendo de los fines de semana, todas lo llevan con entusiasmo y jovialidad, aun las mayores.
Todas se dirigen hacia el templo donde está la piedra filosofal, a la meca resplandeciente que las atrae inevitablemente, a la oscuridad de Hermes con dulce sonido a muerte lenta...
Pero ellas son felices. Víctimas naturales del ruido agudo de la noche.
Torbellinos. Huracanes rítmicos que lo arrojan a uno hacia afuera centrípetamente.
La llovizna que hace resbalar las zapatillas y derrite las calles.
Los cuerpos húmedos y las paredes que lloran.
Las aspas del ventilador girando exhaustas casi inefectivas... el viento en cámara lenta sobre las caras... la boca entreabierta con la cabeza ligeramente hacia atrás... girando en círculos lentos y pesados, los ojos quietos.
Agua, por favor...
El disco que suena tiene una leve fritura de fondo que lo hace interesante. La mala ecualización de los agudos hace cosquillas en los oídos.
El bullicio de la gente. El murmullo a gritos, constante, generalizado.
La locura posee algunos cuerpos y los hace bailar hasta casi quebrarse la cintura.
Ella no tiene ni la menor idea de lo que dice la letra, pero su cuerpo habla por sí solo.
Noches de soledad, noches de rutina agobiante, de búsqueda insaciable, inagotable, incansable...
Recuérdenme siempre no meter mis piernas en el mar mientras mis pies estén enrojecidos...
Una colombina se acerca por detrás y sube al escenario, mientras con su expresivo rostro acompaña la danza mística que conoce a la perfección y dibuja con su cuerpo en ritmo perfecto.
La luz de sucio matélassé en la oscuridad.
El público la admira y la envidia a la vez, otros la odian, otros la aman...
Ella sólo baila por placer, ella muestra su humilde arte, corriente para algunos, magníficos para otros, irrelevante a veces, casi insignificante para los más incisivos competidoras.
Baila con perfección, con rapidez y agilidad. Su cuerpo se transforma en el escenario.
Todos esperan el momento en que su acto finalice.
Yo prefiero mirarla a los ojos y que ne dedique una pirueta al menos.
Sus delicados saltos y virtuosos giros me dejan sonriendo boquiabierto.
El final esperado.
Quisiera regalarle unas amapolas ahora que bajo de la tarima.
No las tengo y tampoco tengo su mano porque otro joven la tomó.
La desilución. Otra vez.
Enamorarse con una mirada fugaz y la decepción de la correspondencia equivocada.
La soledad, la música lenta que rebota en las paredes y vuelve picando hacia mí como una pelota de goma gigante.
No me toca.
Y yo camino con disimulo a la puerta que me dará la redención.
Tengo que salir de este circo de tinieblas con serpentinas que se te pegan a la ropa.
Camino la selva interminable hacia la salida, atravesando las ruinas de una civilización que parecía feliz.
La puerta. El silencio en el túnel.
Allá la fría ciudad, el sonido urbano sin gracia.
Se encendió de golpe una luz amarillenta.
Las calles empapadas, las luces de los autos hacia el norte.
Yo camino hacia el este, como buscando algo en el suelo...
Acá no está...
Mujeres... Jóvenes, preciosas, angelicales (algunas) y otras más bien rústicas (o mas bien, etnicas).
El casi uniformado atuendo de los fines de semana, todas lo llevan con entusiasmo y jovialidad, aun las mayores.
Todas se dirigen hacia el templo donde está la piedra filosofal, a la meca resplandeciente que las atrae inevitablemente, a la oscuridad de Hermes con dulce sonido a muerte lenta...
Pero ellas son felices. Víctimas naturales del ruido agudo de la noche.
Torbellinos. Huracanes rítmicos que lo arrojan a uno hacia afuera centrípetamente.
La llovizna que hace resbalar las zapatillas y derrite las calles.
Los cuerpos húmedos y las paredes que lloran.
Las aspas del ventilador girando exhaustas casi inefectivas... el viento en cámara lenta sobre las caras... la boca entreabierta con la cabeza ligeramente hacia atrás... girando en círculos lentos y pesados, los ojos quietos.
Agua, por favor...
El disco que suena tiene una leve fritura de fondo que lo hace interesante. La mala ecualización de los agudos hace cosquillas en los oídos.
El bullicio de la gente. El murmullo a gritos, constante, generalizado.
La locura posee algunos cuerpos y los hace bailar hasta casi quebrarse la cintura.
Ella no tiene ni la menor idea de lo que dice la letra, pero su cuerpo habla por sí solo.
Noches de soledad, noches de rutina agobiante, de búsqueda insaciable, inagotable, incansable...
Recuérdenme siempre no meter mis piernas en el mar mientras mis pies estén enrojecidos...
Una colombina se acerca por detrás y sube al escenario, mientras con su expresivo rostro acompaña la danza mística que conoce a la perfección y dibuja con su cuerpo en ritmo perfecto.
La luz de sucio matélassé en la oscuridad.
El público la admira y la envidia a la vez, otros la odian, otros la aman...
Ella sólo baila por placer, ella muestra su humilde arte, corriente para algunos, magníficos para otros, irrelevante a veces, casi insignificante para los más incisivos competidoras.
Baila con perfección, con rapidez y agilidad. Su cuerpo se transforma en el escenario.
Todos esperan el momento en que su acto finalice.
Yo prefiero mirarla a los ojos y que ne dedique una pirueta al menos.
Sus delicados saltos y virtuosos giros me dejan sonriendo boquiabierto.
El final esperado.
Quisiera regalarle unas amapolas ahora que bajo de la tarima.
No las tengo y tampoco tengo su mano porque otro joven la tomó.
La desilución. Otra vez.
Enamorarse con una mirada fugaz y la decepción de la correspondencia equivocada.
La soledad, la música lenta que rebota en las paredes y vuelve picando hacia mí como una pelota de goma gigante.
No me toca.
Y yo camino con disimulo a la puerta que me dará la redención.
Tengo que salir de este circo de tinieblas con serpentinas que se te pegan a la ropa.
Camino la selva interminable hacia la salida, atravesando las ruinas de una civilización que parecía feliz.
La puerta. El silencio en el túnel.
Allá la fría ciudad, el sonido urbano sin gracia.
Se encendió de golpe una luz amarillenta.
Las calles empapadas, las luces de los autos hacia el norte.
Yo camino hacia el este, como buscando algo en el suelo...
Acá no está...
martes, 9 de octubre de 2007
Memorias de un viaje en subte
Nunca pensé que el asiento que elegí para sentarme, me enfrentaría con una observación reveladora que aportaría estrategias para desenvolverme en la ciudad.
He aquí mi modesta observación:
Lo que importa es mantener delgadísima esa línea que divide casi imperceptiblemente la esencia a la mitad.
Un resplandor a lo lejos...
La luz...
Hay ciertos personajes cuya función es desviar nuestra atención hacia imágenes falsas entre cósmicos sonidos ochentosos...
La magia del arte literario. Cruel director de una obra maravillosa donde cada acto revela el dorado y efímero brillo de la vida misma, a través de cada joya, perfectamente engarzada a la anterior.
La luz... El molinete del subte, el respalndor, la gente, los locales de golosinas, los de revistas, y esas miradas que delatan, mientras Penélope parece tejer lo interminable.
Paisajes surrealistas.
La medida justa, la proporción exacta. Esa sencillez como si nada le importara...
La naturalidad fresca de primavera y la ingenuidad astuta de un roedor.
Juventud. No se deja ver con claridad... es el resplandor, su propia luminosidad. Como si sólo yo pudiese verla, enceguecedora de a ratos.
Son sus ojos los únicos que no mienten... Se mueren por mirar, pero se contienen...
Un hada ingenua, parece...
Se aleja entre los árboles del bosque que parecen mecerse con la brisa...
Hay flamencos gordos en la escena oscura, de fondo negro... Letras hechas de triángulos isósceles figuran un cartel luminoso en verde fluo...
La sensación de recordarlo todo con precisión y exactitud (estratégicamente hablando), cosa que tendré muy en cuenta para la observación y la práctica.
He aquí mi modesta observación:
Lo que importa es mantener delgadísima esa línea que divide casi imperceptiblemente la esencia a la mitad.
Un resplandor a lo lejos...
La luz...
Hay ciertos personajes cuya función es desviar nuestra atención hacia imágenes falsas entre cósmicos sonidos ochentosos...
La magia del arte literario. Cruel director de una obra maravillosa donde cada acto revela el dorado y efímero brillo de la vida misma, a través de cada joya, perfectamente engarzada a la anterior.
La luz... El molinete del subte, el respalndor, la gente, los locales de golosinas, los de revistas, y esas miradas que delatan, mientras Penélope parece tejer lo interminable.
Paisajes surrealistas.
La medida justa, la proporción exacta. Esa sencillez como si nada le importara...
La naturalidad fresca de primavera y la ingenuidad astuta de un roedor.
Juventud. No se deja ver con claridad... es el resplandor, su propia luminosidad. Como si sólo yo pudiese verla, enceguecedora de a ratos.
Son sus ojos los únicos que no mienten... Se mueren por mirar, pero se contienen...
Un hada ingenua, parece...
Se aleja entre los árboles del bosque que parecen mecerse con la brisa...
Hay flamencos gordos en la escena oscura, de fondo negro... Letras hechas de triángulos isósceles figuran un cartel luminoso en verde fluo...
La sensación de recordarlo todo con precisión y exactitud (estratégicamente hablando), cosa que tendré muy en cuenta para la observación y la práctica.
martes, 2 de octubre de 2007
Canción para lavarse las manos
¡A jugar y a cantar!
Se paiyó, se paiyó
Se paiyó con el anillo
Y grabamos está cancióóóóóóóóón!!!
Dale querida!
No puede ser que no esté en el diccionario.
Calandria, caramba, la Bamba, de Salma.
A Wanda, la manda, su abuela en burro,
por los caminos floridos de la pradera.
Saborrrrrrr!!!
Marisú, Marisú,
¡Qué linda eres tú!
Cuando vengas y te cases:
No te cases, no te cases!!!
Si tu muelle es de jabón:
no lo roses, no lo roses.
Si tu barca es de metal:
no te dan, ni se van.
Al aranjues de Babiera,
no le gustaba la sopa.
El se manchaba la ropa
con un simbrón de marsopa.
A la manta de Atlanta
no le dan ya la basura,
porque el hongo escondido
en la hierbas se ha metido.
Y si miento he descubierto
que en algún campo de Blota,
cuando suene la trompetota,
flotaremos por el aire, sin todo el humo en la ropa.
A la mare de Sancapié, el que se ríe se ensucia un pie.
Los pies limpios tu tendrás, si reír no lo haces más.
Uno, dos y tres, una mano refrescaré.
Cuatro, cinco y seis, con la otra refregareís.
Siete, ocho y nueve, el jabón que bien se mueve.
Y en el diez estamos listos, con las manos sin olor,
agarrando un tenedor, ¡y a comer unos mariscos!
Yo tenía mal olor
Yo tenía mal olor
Muchas manchas de crayón
Muchas manchas de crayón
Grasa de la bicicleta
Grasa de la bicicleta
Tinta de mi lapicera
Tinta de mi lapicera
Mi seño me recomendó
Mi seño me recomendó
que al baño fuera yo.
que al baño fuera yo.
Y lavara con jabón
Y lavara con jabón
mis manitos tan mugrientas
mis manitos tan mugrientas
Ahora viene el rap del jabón
que todo limpio dejará hoy.
No te escondas de mi blanca espuma
tus manos limpias brillarán como la luna.
Si quieres perfumarte las manos también:
secate con toalla y olete después.
Que bueno que está tener limpias las manos:
podemos comer después de que jugamos.
Se paiyó, se paiyó
Se paiyó con el anillo
Y grabamos está cancióóóóóóóóón!!!
Dale querida!
No puede ser que no esté en el diccionario.
Calandria, caramba, la Bamba, de Salma.
A Wanda, la manda, su abuela en burro,
por los caminos floridos de la pradera.
Saborrrrrrr!!!
Marisú, Marisú,
¡Qué linda eres tú!
Cuando vengas y te cases:
No te cases, no te cases!!!
Si tu muelle es de jabón:
no lo roses, no lo roses.
Si tu barca es de metal:
no te dan, ni se van.
Al aranjues de Babiera,
no le gustaba la sopa.
El se manchaba la ropa
con un simbrón de marsopa.
A la manta de Atlanta
no le dan ya la basura,
porque el hongo escondido
en la hierbas se ha metido.
Y si miento he descubierto
que en algún campo de Blota,
cuando suene la trompetota,
flotaremos por el aire, sin todo el humo en la ropa.
A la mare de Sancapié, el que se ríe se ensucia un pie.
Los pies limpios tu tendrás, si reír no lo haces más.
Uno, dos y tres, una mano refrescaré.
Cuatro, cinco y seis, con la otra refregareís.
Siete, ocho y nueve, el jabón que bien se mueve.
Y en el diez estamos listos, con las manos sin olor,
agarrando un tenedor, ¡y a comer unos mariscos!
Yo tenía mal olor
Yo tenía mal olor
Muchas manchas de crayón
Muchas manchas de crayón
Grasa de la bicicleta
Grasa de la bicicleta
Tinta de mi lapicera
Tinta de mi lapicera
Mi seño me recomendó
Mi seño me recomendó
que al baño fuera yo.
que al baño fuera yo.
Y lavara con jabón
Y lavara con jabón
mis manitos tan mugrientas
mis manitos tan mugrientas
Ahora viene el rap del jabón
que todo limpio dejará hoy.
No te escondas de mi blanca espuma
tus manos limpias brillarán como la luna.
Si quieres perfumarte las manos también:
secate con toalla y olete después.
Que bueno que está tener limpias las manos:
podemos comer después de que jugamos.
jueves, 27 de septiembre de 2007
La revelación tardía
Ahora estoy bailando otra vez en el pavimento, bajo la noche estrellada.
Un trago para alegrarme. Levanto la vista hacia adelante, no veo más que siluetas sepia moverse a tempo con la música.
Allí hubieron aterrizajes internacionales, algunos de Norteamérica, otros de Holanda, como los hubo también de Brasil cuando la plata era "dulce".
Un samba de olores y plantas medicinales que no encuentran donde quedarse. Necesitan fluir con la música. A veces la humedad hace que los peinados se electricen, entonces la música no puede fluir como debiera y la plantas no crecen entre la gente.
Como si el secreto para cambiar los estados de ánimo fuese cambiar la música.
Como si la música nos llevara de un lugar a otro empezando por llevarse nuestra mente.
De una noche encerrado en un jardín de invierno con luz artificial y humedad contenida, puedo llegar a una playa anaranjada al atardecer con una brisa suave que acaricia el piano dulce y mece unos cálidos tambores, o a un frio y abandonado castillo ahora habitado por vampiros que bailan misteriosos a la luz de las velas.
En el eco hay un mensaje oculto, o al menos la invitación a descubrirlo en su profundidad oculta. (El eco se va, pero si prestamos atención regresa como esperando que lo sigamos)
A través de los "sueños" se pueden resolver los dilemas existenciales, se necesita inspiración para atravesar la conciencia. La visión se vuelve borrosa. El itinerario y el destino no pueden ser planificados. Los pasos no deben ser cautelosos ni atinados. Lo que se necesita es actuar espontáneamente y ahí es cuando comienza a revelarse lo paradójico.
Es interesante teorizar acerca de estos asuntos, intentando sobrellevar la constante
distracción, apelando al uso a veces forzado de la memoria y filtrando la información para aprovecharla al máximo.
La diosa baila lenta y sensual rozandonos la piel... como para desviar nuestra atención. Si la seguimos en su danza perderemos nuestra búsqueda.
La sombra del árbol nos permite habitar del sueño de niño y explorar con otra perspectiva los salones del alma.
Mientras suena la música la vida se aclara y resuena la clave que no es la solución sino el comienzo del viaje. Nos marca el rumbo hacia la isla donde se esconde el secreto.
Todo se confunde con el baile de la diosa, que mueve sus hombros de arcilla, iluminada por la luz del fuego.
Ya sabemos donde hay que ir, ya hemos confirmado lo que creíamos mítico.
Ahora por más que todo tarde tanto en llegar, debemos proyectar con criterio ancestral el futuro de revelación que nos aguarda en aquel (a veces lejano) templo.
Un trago para alegrarme. Levanto la vista hacia adelante, no veo más que siluetas sepia moverse a tempo con la música.
Allí hubieron aterrizajes internacionales, algunos de Norteamérica, otros de Holanda, como los hubo también de Brasil cuando la plata era "dulce".
Un samba de olores y plantas medicinales que no encuentran donde quedarse. Necesitan fluir con la música. A veces la humedad hace que los peinados se electricen, entonces la música no puede fluir como debiera y la plantas no crecen entre la gente.
Como si el secreto para cambiar los estados de ánimo fuese cambiar la música.
Como si la música nos llevara de un lugar a otro empezando por llevarse nuestra mente.
De una noche encerrado en un jardín de invierno con luz artificial y humedad contenida, puedo llegar a una playa anaranjada al atardecer con una brisa suave que acaricia el piano dulce y mece unos cálidos tambores, o a un frio y abandonado castillo ahora habitado por vampiros que bailan misteriosos a la luz de las velas.
En el eco hay un mensaje oculto, o al menos la invitación a descubrirlo en su profundidad oculta. (El eco se va, pero si prestamos atención regresa como esperando que lo sigamos)
A través de los "sueños" se pueden resolver los dilemas existenciales, se necesita inspiración para atravesar la conciencia. La visión se vuelve borrosa. El itinerario y el destino no pueden ser planificados. Los pasos no deben ser cautelosos ni atinados. Lo que se necesita es actuar espontáneamente y ahí es cuando comienza a revelarse lo paradójico.
Es interesante teorizar acerca de estos asuntos, intentando sobrellevar la constante
distracción, apelando al uso a veces forzado de la memoria y filtrando la información para aprovecharla al máximo.
La diosa baila lenta y sensual rozandonos la piel... como para desviar nuestra atención. Si la seguimos en su danza perderemos nuestra búsqueda.
La sombra del árbol nos permite habitar del sueño de niño y explorar con otra perspectiva los salones del alma.
Mientras suena la música la vida se aclara y resuena la clave que no es la solución sino el comienzo del viaje. Nos marca el rumbo hacia la isla donde se esconde el secreto.
Todo se confunde con el baile de la diosa, que mueve sus hombros de arcilla, iluminada por la luz del fuego.
Ya sabemos donde hay que ir, ya hemos confirmado lo que creíamos mítico.
Ahora por más que todo tarde tanto en llegar, debemos proyectar con criterio ancestral el futuro de revelación que nos aguarda en aquel (a veces lejano) templo.
viernes, 21 de septiembre de 2007
La música de tu vida
¿Quién no disfruta de la música cualquiere fuese su género favorito?
La música nos acompaña en todo momento.
Yo vivo escuchando música todo momento que tengo libre (o no).
Todo lo que hacemos en nuestra vida cotidiana lo hacemos con música.
Hay música para lavar los platos, música para bañarse, música para estudiar, música para hacer el amor, música para bailar, música para sentarse a escucharla, música para fumar, música para
sentarse frente a la Pc y chatear con amigos.
El Messenger (MSN), es el programa utilizado por el 90% de los usuarios de Internet en todo el mundo como forma de comunicación virtual. Este programa tiene una opción en su menú que dice "Mostrar lo que estoy escuchando", como parte del mensaje personal que verán los demás usuarios.
Las otras personas necesitan saber lo que usted está escuchando para conocer más de su personalidad, su estado de ánimo o intuir acerca de su pensamiento en ése momento.
¿La música condiciona nuestro pensamiento? ¿Lo define? ¿Configura nuestro estado de ánimo?
La música nos puede cambiar, nos puede curar, nos puede alegrar, entristecer, emocionar, divertir, transportar...
Dejémonos transportar por la música, emprendamos el vuelo, conozcamos nuevos mundos, vivamos aventuras. Disfrutemos de las emociones placenteras, que son saludables, mejoran el ritmo cardíaco, liberan endorfinas y por ahora son gratuitas.
La música nos acompaña en todo momento.
Yo vivo escuchando música todo momento que tengo libre (o no).
Todo lo que hacemos en nuestra vida cotidiana lo hacemos con música.
Hay música para lavar los platos, música para bañarse, música para estudiar, música para hacer el amor, música para bailar, música para sentarse a escucharla, música para fumar, música para
sentarse frente a la Pc y chatear con amigos.
El Messenger (MSN), es el programa utilizado por el 90% de los usuarios de Internet en todo el mundo como forma de comunicación virtual. Este programa tiene una opción en su menú que dice "Mostrar lo que estoy escuchando", como parte del mensaje personal que verán los demás usuarios.
Las otras personas necesitan saber lo que usted está escuchando para conocer más de su personalidad, su estado de ánimo o intuir acerca de su pensamiento en ése momento.
¿La música condiciona nuestro pensamiento? ¿Lo define? ¿Configura nuestro estado de ánimo?
La música nos puede cambiar, nos puede curar, nos puede alegrar, entristecer, emocionar, divertir, transportar...
Dejémonos transportar por la música, emprendamos el vuelo, conozcamos nuevos mundos, vivamos aventuras. Disfrutemos de las emociones placenteras, que son saludables, mejoran el ritmo cardíaco, liberan endorfinas y por ahora son gratuitas.
jueves, 20 de septiembre de 2007
Ondas marinas: Crónica de un viaje a Centroamérica
Un telón de estrellas de mar brillantes.
Ondas marinas como de enjuague bucal en una piscina blanca... Burbujas tibias y la noche negra.
Nadie veia mejor desde arriba que nosotros. Todo el pueblo desde los techos y terrazas.
Garganta de áspero cristal, tus ojos desde el balcón blanco y tu pelo apelmasado por la humedad calurosa...
Me adentro en el laberinto prohibido para que me sigas, miro hacia atrás y veo la última luz desde arriba, como a la izquierda, escondida tras unas ramas.
La oscuridad, el acecho, mio y de ellos.
Sorda la incertidumbre, ciego el deseo... Felino el instinto.
Mi espalda se siente desprotejida y también vulnerable. Como me gusta esa vulnerabilidad...
Ondas marinas que me tocan cuando el mar ya lo tengo por más arriba de la rodilla y ni me enteré.
O preferí hacer de cuenta que no me había enterado (y lo disfruté).
Te busco por detrás y luego miro hacia adelante mientras camino entre las olas que crecen.
No estás... Hay otras sirenas en el mar, pero ninguna escucha mi silente llamado.
Intento alcanzar las olas y tocarlas, pero el temor a no llegar a ellas me aquieta o me hace reaccionar tarde.
Atravieso un umbral de estrellas.
Estoy como en otro laberinto que continúa el anterior, pero es blanco y el agua se vuelve de nuevo como enjuague bucal.
Hay luces tenues como azuladas y unas pocas blancas.
Comienzo a sumergirme en el agua aturquesada, muy translúcida, muy tibia...
Voy nadando y ahora con más fuerza hacia lo profundo del mar...
De pronto me hallo como despertando de un somnífero en una habitación oscura, pero muy iluminada. A veces parece blanca.
Otra piel, una piel suave como de niña, con gusto dulce como un pelón en verano. Los ojos tiernos; la boca pequeña, pero carnosa, de besos calientes y apasionados. Esa piel tan suave, templada y jugosa, dulce. Y tu pelo castaño oscuro...
Las olas, nuestras olas que chocan con fuerza y salpican hacia alrededor. Impetuosas se mezlan con el mar, de donde nacieron.
Me susurrás al oído el camino.
Lento emprendo la marcha, te sigo en silencio.
Ahora más rápido. Te sigo muy de cerca, casi compactos.
Lejos, canto de sirenas, las rocas marmoladas, blancas y casi secas.
Las olas salpican erosionando imperceptiblemente el acantilado.
La humedad cálida, placentera, como de verano...
El sol refulgió con toda su fuerza por unos segundos, iluminándolo todo, dejándonos ciegos.
La playa seca, caliente la arena, la noche negra.
Las olas bajas del mar en la arena que arrastran la arena alisándola.
Desde el atardecer hasta la noche. O desde la noche al atardecer del día siguiente.
La playa otra vez.
La noche.
Ondas marinas como de enjuague bucal en una piscina blanca... Burbujas tibias y la noche negra.
Nadie veia mejor desde arriba que nosotros. Todo el pueblo desde los techos y terrazas.
Garganta de áspero cristal, tus ojos desde el balcón blanco y tu pelo apelmasado por la humedad calurosa...
Me adentro en el laberinto prohibido para que me sigas, miro hacia atrás y veo la última luz desde arriba, como a la izquierda, escondida tras unas ramas.
La oscuridad, el acecho, mio y de ellos.
Sorda la incertidumbre, ciego el deseo... Felino el instinto.
Mi espalda se siente desprotejida y también vulnerable. Como me gusta esa vulnerabilidad...
Ondas marinas que me tocan cuando el mar ya lo tengo por más arriba de la rodilla y ni me enteré.
O preferí hacer de cuenta que no me había enterado (y lo disfruté).
Te busco por detrás y luego miro hacia adelante mientras camino entre las olas que crecen.
No estás... Hay otras sirenas en el mar, pero ninguna escucha mi silente llamado.
Intento alcanzar las olas y tocarlas, pero el temor a no llegar a ellas me aquieta o me hace reaccionar tarde.
Atravieso un umbral de estrellas.
Estoy como en otro laberinto que continúa el anterior, pero es blanco y el agua se vuelve de nuevo como enjuague bucal.
Hay luces tenues como azuladas y unas pocas blancas.
Comienzo a sumergirme en el agua aturquesada, muy translúcida, muy tibia...
Voy nadando y ahora con más fuerza hacia lo profundo del mar...
De pronto me hallo como despertando de un somnífero en una habitación oscura, pero muy iluminada. A veces parece blanca.
Otra piel, una piel suave como de niña, con gusto dulce como un pelón en verano. Los ojos tiernos; la boca pequeña, pero carnosa, de besos calientes y apasionados. Esa piel tan suave, templada y jugosa, dulce. Y tu pelo castaño oscuro...
Las olas, nuestras olas que chocan con fuerza y salpican hacia alrededor. Impetuosas se mezlan con el mar, de donde nacieron.
Me susurrás al oído el camino.
Lento emprendo la marcha, te sigo en silencio.
Ahora más rápido. Te sigo muy de cerca, casi compactos.
Lejos, canto de sirenas, las rocas marmoladas, blancas y casi secas.
Las olas salpican erosionando imperceptiblemente el acantilado.
La humedad cálida, placentera, como de verano...
El sol refulgió con toda su fuerza por unos segundos, iluminándolo todo, dejándonos ciegos.
La playa seca, caliente la arena, la noche negra.
Las olas bajas del mar en la arena que arrastran la arena alisándola.
Desde el atardecer hasta la noche. O desde la noche al atardecer del día siguiente.
La playa otra vez.
La noche.
martes, 18 de septiembre de 2007
Aguas de março (en septiembre)
Veo palmeras secas amarronadas muy cerca del mar... frio, grisáceo, de metal.
Tu cabellera larga (para ese entonces) se mueve lenta y se dibuja entre el viento y la verde sal... Nubes de plomo flotando sobre horizonte, alejadas del oculto zenit.
El compás de las hojas al son del viento y de fondo el mar pianísimo.
Lovizna de plata cae recta como suaves alfileres de caramelo clavándose en la arena... Algunos girones de sol entre las nubes como entre blanco y aguamarina...
La paz más alegre en el alma, la vida casi concluída, los objetivos que parecían imposibles, ya cumplidos.
Una sutíl cosquilla en tu interior... la soledad.
Todo se detiene por unos segundos, se apaga la música, bajan las luces de tu alrededor y hasta te falta un poco el aire. Un silencio que parece eterno, de luces lejanas al bajar la vista y...
Como un sacudón, a lo lejos, una tormenta con ritmo de bossa te invita a bailar y a darte una oportunidad más, como cuando se vuelven a encender cada tarde los viejos faroles del paraje de la playa.Tu pantalón claro de a poco se va tiñiendo con la arena metálica, que esta tibia todavía porque conserva el calor del poco sol de última hora. Una copa vacía en la mano derecha, que llevas de compañía y como esperando a que alguien te sirva el pasaje para la felicidad completa.
Miradas que te divierten, miradas que se rien, miradas que te hacen reir... y otras que te dejan mudo...Otra vez esa sensación...¿A quién te hace acordar? ¿Acaso se conocen de algún lado? y te sonreiste a escondidas pero con preocupación... ¿Quién es?
No podés resistirte y tratás de volver a encontrar esa cara entre la gente... Un joven se acerca por la derecha y te sirve un poco de burbujas que mirás sin entender, como si te hiciera perder el tiempo...
Levantás la vista otra vez y mirás por arriba para luego empezar a mezclarte en el gentío.
Te desesperás buscando esa cara, hasta que la ves a cuatro pasos a tu izquierda como de sorpresa y no podés creerlo... Mil sensaciones que te estremecen desde la espalda cuando te das cuenta de que la lluvia te mojó completamente hasta los pies...
Sos feliz porque no te importa estar mojado, hasta incluso te gusta y te sentís más seguro...
Avanzás con ímpetu planeando la estrategia, pero nada se te ocurre más que ser espontáneo y decir lo que se te ocurra... Bebés lo poco que no derramaste de la copa, te dá una sensacion entre ácida y dulce en la boca.
Te acercás con actitud a ese cuerpo y le clavás la mirada en los ojos para bajar rápido a la boca...
Volvés a mirar.
(Sí. Es.)
Sacás tu mejor arma: Sonreís.
Se sonríe con timidez y baja la vista como si le gustaras, pero no te reconoce.
Mirás tu copa vacía. Unas gotas de lluvia nada más.
Pareciera que pasaron diez minutos, pero estás ahí bajo las luces húmedas y la brisa que comienza a sentirse húmeda en tu cuello...
No te reconoce. No va a reconocerte a menos que le digas quién sos, o qué fuiste en su vida... Y de un suspiro le recuerdes lo que significa ser feliz.
¿No te recuerda? ¿No te reconoce, tal vez?
¿Te confunde?
¿O te olvidó...?
Tu cabellera larga (para ese entonces) se mueve lenta y se dibuja entre el viento y la verde sal... Nubes de plomo flotando sobre horizonte, alejadas del oculto zenit.
El compás de las hojas al son del viento y de fondo el mar pianísimo.
Lovizna de plata cae recta como suaves alfileres de caramelo clavándose en la arena... Algunos girones de sol entre las nubes como entre blanco y aguamarina...
La paz más alegre en el alma, la vida casi concluída, los objetivos que parecían imposibles, ya cumplidos.
Una sutíl cosquilla en tu interior... la soledad.
Todo se detiene por unos segundos, se apaga la música, bajan las luces de tu alrededor y hasta te falta un poco el aire. Un silencio que parece eterno, de luces lejanas al bajar la vista y...
Como un sacudón, a lo lejos, una tormenta con ritmo de bossa te invita a bailar y a darte una oportunidad más, como cuando se vuelven a encender cada tarde los viejos faroles del paraje de la playa.Tu pantalón claro de a poco se va tiñiendo con la arena metálica, que esta tibia todavía porque conserva el calor del poco sol de última hora. Una copa vacía en la mano derecha, que llevas de compañía y como esperando a que alguien te sirva el pasaje para la felicidad completa.
Miradas que te divierten, miradas que se rien, miradas que te hacen reir... y otras que te dejan mudo...Otra vez esa sensación...¿A quién te hace acordar? ¿Acaso se conocen de algún lado? y te sonreiste a escondidas pero con preocupación... ¿Quién es?
No podés resistirte y tratás de volver a encontrar esa cara entre la gente... Un joven se acerca por la derecha y te sirve un poco de burbujas que mirás sin entender, como si te hiciera perder el tiempo...
Levantás la vista otra vez y mirás por arriba para luego empezar a mezclarte en el gentío.
Te desesperás buscando esa cara, hasta que la ves a cuatro pasos a tu izquierda como de sorpresa y no podés creerlo... Mil sensaciones que te estremecen desde la espalda cuando te das cuenta de que la lluvia te mojó completamente hasta los pies...
Sos feliz porque no te importa estar mojado, hasta incluso te gusta y te sentís más seguro...
Avanzás con ímpetu planeando la estrategia, pero nada se te ocurre más que ser espontáneo y decir lo que se te ocurra... Bebés lo poco que no derramaste de la copa, te dá una sensacion entre ácida y dulce en la boca.
Te acercás con actitud a ese cuerpo y le clavás la mirada en los ojos para bajar rápido a la boca...
Volvés a mirar.
(Sí. Es.)
Sacás tu mejor arma: Sonreís.
Se sonríe con timidez y baja la vista como si le gustaras, pero no te reconoce.
Mirás tu copa vacía. Unas gotas de lluvia nada más.
Pareciera que pasaron diez minutos, pero estás ahí bajo las luces húmedas y la brisa que comienza a sentirse húmeda en tu cuello...
No te reconoce. No va a reconocerte a menos que le digas quién sos, o qué fuiste en su vida... Y de un suspiro le recuerdes lo que significa ser feliz.
¿No te recuerda? ¿No te reconoce, tal vez?
¿Te confunde?
¿O te olvidó...?
jueves, 13 de septiembre de 2007
Masticar con violencia
Su cabello se encendió como si una ráfaga de viento lo hubiese avivado de pronto...
La noche se siente extraña, como medieval o posmoderna (no sé), mientras que la tarde va cambiando en colores fríos y aroma a café.
El viento que se cuela entre las calles de edificios altos, con un silbido tan particular de las tardes lluviosas...
Lluvia, llovizna... y ese caminar con mis -un poco- sucias zapatillas rojas por la calle adoquinada... Mi música comienza a calmarse, para luego, tras ese violín impetuoso renacer con casi agresividad contenida...
Y la tormenta... Un espectáculo audiovisual de furia en movimiento, en dorados y azules.
Un chicle de menta y un suspirar impaciente... Un cigarrillo que encendiste ni bien saliste de casa, mientras cruzabas la calle, apurado.
Un balcón desolado (hay alguien arriba), la estación de tren solitaria, como en penumbras...
Humedad, nervios.
La imbecilidad ajena: verguënza que se hace propia.
Y ese alguien que veía videos extraños en la televisión...
Un escenario un tanto vacío y extraño, el verdeagua de la pared invadido por civilizaciones húmedas que avanzaban lentas por las esquinas. Mientras tanto volaban las miradas como cuchillas que se cruzaban en el aire... y varias se clavaban en mí (casi todas).
Me voy.
Gracias (por nada). Nos vemos (nunca, seguramente, ojalá...)
Y nada más...
Una habitación abandonada en el Once.
El cielo al descubierto, casi como observándolo todo... Un piso frío, como una vieja alfombra de esmirna, polvorienta, pisoteada.
Una ventana al horizonte interminable, o a un jardín babilónico, con aire incierto... Madrugadas españolas en silencio.
Los ojos entrecerrados, la brisa fresca y un desenfreno cuidadoso que se pierde en la oscuridad de techos altos.
Y de un tirón, vuelvo (como si mi cuerpo fuese devuelto) rápido a la aburrida quietud citadina de pegajosa incomodidad...
Es agradable la humedad a veces, al menos la recuerdo así, al menos lo era esa humedad...
La noche se siente extraña, como medieval o posmoderna (no sé), mientras que la tarde va cambiando en colores fríos y aroma a café.
El viento que se cuela entre las calles de edificios altos, con un silbido tan particular de las tardes lluviosas...
Lluvia, llovizna... y ese caminar con mis -un poco- sucias zapatillas rojas por la calle adoquinada... Mi música comienza a calmarse, para luego, tras ese violín impetuoso renacer con casi agresividad contenida...
Y la tormenta... Un espectáculo audiovisual de furia en movimiento, en dorados y azules.
Un chicle de menta y un suspirar impaciente... Un cigarrillo que encendiste ni bien saliste de casa, mientras cruzabas la calle, apurado.
Un balcón desolado (hay alguien arriba), la estación de tren solitaria, como en penumbras...
Humedad, nervios.
La imbecilidad ajena: verguënza que se hace propia.
Y ese alguien que veía videos extraños en la televisión...
Un escenario un tanto vacío y extraño, el verdeagua de la pared invadido por civilizaciones húmedas que avanzaban lentas por las esquinas. Mientras tanto volaban las miradas como cuchillas que se cruzaban en el aire... y varias se clavaban en mí (casi todas).
Me voy.
Gracias (por nada). Nos vemos (nunca, seguramente, ojalá...)
Y nada más...
Una habitación abandonada en el Once.
El cielo al descubierto, casi como observándolo todo... Un piso frío, como una vieja alfombra de esmirna, polvorienta, pisoteada.
Una ventana al horizonte interminable, o a un jardín babilónico, con aire incierto... Madrugadas españolas en silencio.
Los ojos entrecerrados, la brisa fresca y un desenfreno cuidadoso que se pierde en la oscuridad de techos altos.
Y de un tirón, vuelvo (como si mi cuerpo fuese devuelto) rápido a la aburrida quietud citadina de pegajosa incomodidad...
Es agradable la humedad a veces, al menos la recuerdo así, al menos lo era esa humedad...
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