lunes, 17 de mayo de 2010

Decir

No puedo explicarlo.
Las palabras no pueden ordenarse. Toda justificación carece de principio y fin. No existe lógica en la gramática.
Es como nadar en el mismo lugar, sin avanzar ni retroceder.
Flotar suspendido en el aire sin gravedad.
El silencio de un grito. Lo profundo, lo indescriptible.

lunes, 19 de abril de 2010

Rojo encantador

Descendió a los infiernos.
Al llegar a sus puertas se detuvo por un segundo, pero en su interiro sabía que se adentraría en esa oscuridad de todos modos.
Imágenes que lo acorralaban giraban en torno a su alma, bailando. Ése es el precio que se paga por la vanidad y la lujuria, sus dos pecados favoritos.
Y al sumergirse en las tinieblas no hizo más que perderse en ese laberinto rojo del que no saldría con facilidad.
No podía cometer el error de equivocarse de puerta. Supo de inmediato que era esa. Tal vez por propia decisión, atraída por una extraña fuerza o en la búsueda de algo en particular.
Alrededor, la locura invadía el espacio como el viento cálido.
Todo transcurre para el espectador en cámara lenta, pero lo engañoso es que en ralidad sólo son unos minutos.
Eso sucede sólo en ése inframundo oscuro, sediento de vicio, esperando ser consumido cuanto antes.

miércoles, 8 de abril de 2009

Más de una vez

Me gusta cuando la noche húmeda de abril se pone entre gris y azul.
Disfrutar del silencio de la madrugada. El solo tic tac del reloj y algún que otro grillo trasnochado.
El aire flota espeso y las luces amarillentas sobre el asfalto húmedo de la calle me invitan a salir.
Amenazan las nubes, y van a estallar de humedad, pero ahora no.
Quisiera yo saber a qué se debe este viaje que sorpresivamente me encuentra en la vereda muda de la cuadra.
Me dirijo hacia la esquina, y esa sensación recorre mi cuerpo otra vez.
Impensablemente, un colectivo y yo llegamos a la parada al mismo tiempo.
Extendí mi brazo y el gigante se detuvo abriendo la puerta para mi ascenso.
Casi vacío.
El chofer saluda con aliento a menta fresca.
Devolviéndole el gesto busco monedas en mi bolsillo y saco mi boleto mientras busco mi asiento en la fila de a dos, del lado de la ventana.
Hay dos pasajeros más.
Las calles parecen pintadas en pinceladas rápidas y pasan por delante veloces como ráfagas.
Estoy llegando a un lugar que siempre es desconocido, aunque estoy más que seguro de haber estado, mas de una vez allí.

lunes, 23 de marzo de 2009

Montaña Rusa

Un arranque sorpresivo que nos sacude. El carro se mueve lento hacia adelante y de a poco, en subida...
Sentados en el primer lugar. Vamos juntos, tomados de la mano como a escondidas, parecemos dos chicos... La pendiente frente a nuestros ojos, y la velocidad in crescendo nos transporta audaz hacia la cúspide. La expectativa, lo inesperado. Detenerse en un segundo, para luego caer al vacío infinito sambulléndonos en un arcoiris que salpica colores vivos... La frescura inunda el aire y nos moja la cara.

Subidas y bajadas como ráfagas que nos dibujan una sonrisa y nos hacen entrecerrar la mirada mientras transitamos la curva inclinada a la izquierda, donde te abrazo fuerte para quitarme el miedo.
El recorrido es inagotable y a la vez tan velóz, que cada fotograma se desvanece instantáneamente fundiéndose con el siguiente.
El tiempo juega una carrera contra el viento, ambos persiguen la estela de nuestro tren azul brillante.
Y tu alegría es mi emoción. La adrenalina me estremece y tu mano me invita a dar la vuelta de trescientos sesenta grados que ambos estábamos esperando desde que hicimos la fila...

La increíble aventura jamás pensada nos transportó a lo más alto de este juego.
Y el parque asomando desde abajo... El viaje nos hace bailar con las manos cerca de las estrellas...
Sí que es volar, y nada es más maravilloso que nuestro vuelo por el cielo... La sensación del tiempo detenido para encontrarte ahí, con tus ojos sobre los míos.

viernes, 20 de febrero de 2009

El paisaje más soñado

El fuego nos envuelve en llamas azules y turquesas, cuyo candor nos enciende precipitadamente...
Y de sólo pensarlo, mi cabeza enloquece, se estremece mi cuerpo, comienzo a bailar solo en la oscuridad, lento, seductor... A media luz respiro profundo un aire despreocupado en el que elijo viajar sobre una alfombra suave, hecha a mi medida.
El vuelo siempre es de fuego, puedo flotar en el aire... Siento el calor en mi sangre fluir dentro y fuera de mi piel.
Me elevo impetuoso hacia el cielo... Planeando miro, contemplando el paisaje, ese paisaje tan soñado... Cuando al detenerme con la mirada, de repente, la cima...
Como en un vuelo de halcón diviso la cumbre mas alta y vuelo para pararme allí. La noche, las estrellas, bailo en la última peña sintiendo el viento cálido de verano en mi cuerpo... El cielo entero cae sobre mi y puedo sentir la noche acariciarme con sus alas. Porque ambos somos alados.
Yo ardo con lujuria en este viaje que me consume como la pólvora de los fuegos artificiales... Hasta llegar al fin, que es pasar por el centro solar y en un milisegundo la feroz vuelta instantánea a la vista panorámica inicial... Desde esta alfombra mágica, hermosa, mía...
Puedo tocar el cielo, y es ahí cuando las estrellas comienzan a llover parpadeantes, y la noche me baña de luz, sin luna.
El aire con su perfume dibuja un bosque de pinos bañados en rocío fresco de lluvia.
La brisa dulce, una caricia sonora.
El paisaje descansa calmo en colores y vuelan pájaros en ascuas del amanecer.
No hay tiempo, no hay palabras.
Cerramos los ojos.
Solos... Sólo el paisaje y yo.

viernes, 22 de agosto de 2008

Viento atlántico

Delirios constantes acerca de la teoría de interpretación onírica.
El viaje a la psicodelia del invierno atlántico en los setentas.
Un aire europeo que pega frío en el árido bosque costero. El sobretodo gris claro sobre el cielo pálido y unos edificios de piedra por detrás...

Café en un bar de París. Las mesas en la calle adoquinada.
La plaza de artesanos rodeando el boulevard. El brillo de las estrellas atravesando cada gota de lluvia que caía sobre la gente que se detiene a mirar las aguas danzantes de la fuente.

Las enredaderas filtran la luz de los faroles de la ciudad. Las hojas de los árboles bailan bajo el viento que sopla las veredas...

Nadando en mis pensamientos, las olas me llevan hacia donde ellas van... Y viajo en un tunel de tobogán acuático sin saber donde voy a desembocar.
Una ola en forma de alfombra mágica me eleva sobre el mar...

El atardecer infinito en el canto de las gaviotas. La arena suave y finísima, tibia sobre el suelo durísimo y llano bajo mis pies, la sal en la piel, el frío de a poco en la espalda...
El sol que quema mis hombros... Y el mar.

miércoles, 9 de julio de 2008

...y vuelve a suspirar

El sol amarillo entra por el inmenso ventanal del living inundando la habitación. Su padre murmura en francés mientras lee un libro sentado en el sillón.

André suspira pensando en cuanto faltará para la tarde de lunes. Recuerda los ojos verdosos de su enamorado y suspira otra vez. Juega con su cabello. Lo peina de varias maneras diferentes. Luego se aburre y piensa en cortarlo... O no.

André se sorprende viajando tras un acordeón parisino. Otra vez él. Sonríe y vuelve a suspirar.

André en llamas junto al hogar.

André se ríe y disfruta de las tardes de sol en las que hace frío.

Corre a su habitación. Se mira al espejo y se acomoda el cabello, luego se perfuma el cuello, se viste de colores alegres y vuelve a peinarse.

André escucha los pájaros cantar en los árboles que saludan por la ventana. Se detiene a mirarlos y se imagina la mirada del muchacho de los lunes a la tarde...

Mira el reloj y se sobresalta al ver la hora. Corre dando unas vueltas por su habitación y se lleva una bufanda roja.

André vuelve a mirarse al espejo, sonríe y cruza la puerta. Camina por la cuerda floja como si fuera a caerse, se sonríe y echa los hombros hacia atrás.

Continúa caminando... y vuelve a suspirar.